La obra pictórica más antigua de Alcantarilla: El cuadro de la Inmaculada Concepción

Entre las obras que enriquecen el patrimonio histórico-cultural de Alcantarilla merece una mención especial, por su antigüedad y calidad artística, el cuadro de La Inmaculada Concepción, del siglo XVII, que perteneció al Convento de San Francisco de Paula y que, desde el día 18 de diciembre de 1986, se encuentra en la Iglesia parroquial de San Roque.

En 1985, comenzaron las gestiones para la restauración del lienzo de la Inmaculada que la familia Pacheco Sornichero, propietarios del Convento, había donado al Ayuntamiento de Alcantarilla que, al no contar con un lugar apropiado para su conservación, en Comisión de Gobierno celebrada el 16 de diciembre de 1986 “propone sea depositado en la Iglesia de San Roque, de manera provisional y hasta que se tenga un lugar adecuado para ello”.

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Iglesia de San Roque, inauguración de la restauración del cuadro de la Inmaculada, con el alcalde Francisco Zapata Conesa. Colección particular de Fulgencio Sánchez Riquelme. Fotos Abellán. Año 1986 

El cuadro de la Inmaculada Concepción es una pintura al óleo sobre lienzo, de 1’25x 0’90 m., y autor desconocido, pudiéndose catalogar, según los expertos, en el último tercio del siglo XVII. No consta documentalmente si la obra fue realizada exprofeso para la Orden de los Frailes Mínimos, o procede de una donación particular que llegaría al Convento de San Francisco en fecha indeterminada. Lo que sí conocemos por el testimonio oral recogido a Antonia Almela Bernal, es que el cuadro de la Inmaculada ya se encontraba en la ermita del cenobio en el siglo XIX, concretamente, en una capilla del lado del Evangelio, junto a la rueda de campanillas, y las representaciones del Beato Gaspar y de otro fraile. Y, en el lado de la Epístola, entre otras obras, San Sebastián, Sta. Juana de Valois y San Francisco el Viejo.

De la aproximación estilística de la obra, parecen desprenderse evidencias que permitirían ponerla en relación, tanto con la escuela madrileña, como con el círculo levantino próximo a Senén Vila (Valencia 1640-Murcia 1707). La parte superior de la figura de la Virgen se representa recortada sobre un fondo de luz cálida que imprime suavidad a las formas, especialmente al rostro y a las manos. El cuerpo, a pesar del magnífico tratamiento de los pliegues en la falda y mangas de la túnica, y del leve contrapposto de la pierna derecha, adolece de cierto estatismo, aun cuando el autor denota su dominio tanto de los volúmenes y el movimiento (disposición del manto y ángeles que rodean a la Virgen), como en el manejo de la luz (desde la tiniebla de la tierra y el mar, la Inmaculada se eleva a la claridad de la gloria). Por su parte, la escasez de gradaciones en la policromía del manto y en todo lo representado en el tercio inferior resta efectismo a la composición, incrementando el peso de la devota expresión de la Virgen María.

El esquema iconográfico para la representación de la Inmaculada Concepción de María, tras el abandono de la iconografía del “Abrazo en la Puerta Dorada”, se fue configurando, hasta quedar totalmente definido en el siglo XVII. Valga recordar las recomendaciones de Francisco Pacheco en El Arte de la Pintura (1649):

“Hase pintar con túnica blanca y manto azul … vestida de sol, un solo ovado de ocre y blanco, que cerque toda la imagen, unido dulcemente con el cielo coronada de estrellas; doce estrellas compartidas en un círculo claro de resplandores …debajo de los pies la luna con las puntas abajo”.

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Cuadro de la Inmaculada antes de la restauración, 1985. Colección particular de Fulgencio Sánchez Riquelme. Fotos Abellán.  

En esta obra conservada en Alcantarilla, vemos a una jovencísima María, con túnica blanca y manto azul intenso, que posa sus pies sobre la media luna y el orbe, y en arrobamiento místico eleva la mirada al cielo. Sobre Ella, el Espíritu Santo en forma de paloma despliega resplandores sobre su cabeza coronada por las apocalípticas doce estrellas. La Virgen pliega sobre su brazo izquierdo el manto que flota en el aire dotando a la silueta de cierto ensanchamiento, mientras que extiende la mano derecha señalando con el dedo índice un ramo de azucenas que simboliza su pureza. La figura de María Inmaculada, está rodeada por trece querubines y cinco angelotes, que sostienen en sus manos símbolos marianos: las precitadas azucenas (candidum quasi nix et azucena), las rosas que representan la belleza (flos convalium), el laurel simbolizando la victoria de María sobre el pecado (laurus erat victoria), el Espejo de Justicia (especulum sine macula) y la Torre de Marfil (speciosae sicut turris eburnea). De gran interés son también en este cuadro dos fondos de paisaje representados en el tercio inferior de la obra, su parte más tenebrista: a la izquierda de la Virgen se adivina un conjunto de construcciones elevadas sobre un peñasco, mientras que a la derecha queda representado el mar. Nos encontramos, pues con una composición y escenografía netamente barroca que, con sutiles variaciones, podría relacionarse con el esquema puesto de moda por Juan Carreño de Miranda que queda ya fijado en sus primeras versiones de la Inmaculada (Convento de Santa Isabel de Madrid, 1662). Es muy significativo que este esquema compositivo, que desde Madrid, se irradia a toda la geografía peninsular, coincida en sus primeras formulaciones con la publicación de la Bula Solicitudo del papa Alejandro VII (1661) que recomendaba el culto a la Inmaculada y prohibía las manifestaciones en su contra. La bula fue recibida en España con especiales muestras de júbilo, multiplicándose desde ese momento las representaciones del misterio inmaculista que no sería definido dogmáticamente hasta 1854 por el papa Pío IX.

Fig. 1
Cuadro de la Inmaculada restaurado, 1986. Colección particular de Fulgencio Sánchez Riquelme. Fotos Abellán.

Actualmente, la obra se encuentra en buen estado de conservación tras la restauración realizada por el pintor-restaurador murciano Luis Abadía Llobregat, en 1986, gracias a las gestiones llevadas a cabo por Fulgencio Sánchez Riquelme, a través del pintor Manuel Muñoz Barberán. Dado el deterioro que presentaba el lienzo cuando fue donado al Ayuntamiento por la familia Pacheco, dicha restauración fue decisiva y, gracias a ella y a los que la hicieron posible, se consiguió salvar la obra. El Ayuntamiento de Alcantarilla, en Comisión de Gobierno celebrada el día 26 de noviembre de 1986, concertó las condiciones de pago del importe total de la intervención del cuadro de la Inmaculada que ascendía a 175.000 pts., cantidad que fue subvencionada al Consistorio por la Caja de Ahorros Provincial, en atención a la importancia artística de esta obra, de la cual como apunta Sánchez Riquelme en la Revista cultural de Alcantarilla Calle Mayor, nº 8, (1987) en los estudios previos a la restauración, se había enviado una fotografía al Museo del Prado cuyos técnicos ya la catalogaron como bastante valiosa.

En el momento de entregar la Inmaculada al restaurador, su estado era deplorable, presentando una considerable suciedad, múltiples carencias de pintura (principalmente en las zonas centrales del lienzo) y rotura del lienzo en las aristas del bastidor. Por tanto, los trabajos de restauración hasta devolverle su esplendor original, se demoraron a lo largo de casi dos años, y el técnico hubo de acometer trabajos de limpieza, consolidación de los distintos estratos pictóricos con riesgo de nuevos desprendimientos, estucado sobre las carencias y reintegración cromática en las partes que se habían perdido.

Con todo ello pudo recuperarse para Alcantarilla una de las piezas claves de su patrimonio histórico-artístico que, actualmente, para satisfacción de todos los alcantarilleros, puede admirarse en el presbiterio de la Iglesia parroquial de San Roque (sobre la puerta de acceso a la sacristía), templo que la conserva desde 1986.

 

Articulo realizado por María Rosa Gil Almela, Archivera Municipal de Alcantarilla, en colaboración con Miguel López García

 

Patrocinado por La Merced

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