Pequeñas Historias de una Villa: La estación fantasma | Por Lara Hernández Abellan

LA ESTACIÓN FANTASMA

Si mirase fijamente esta imagen podría llegar a ver con claridad a la multitud de viajeros que se agolpan frente a unas vías vacías a la espera de la llegada de su tren. Mi memoria los rescataría con la única función de arropar a un fantasma o de hacer un poco más bello este ingrato presente. A veces me pasa, me dejo llevar por los recuerdos, los mezclo con algo de imaginación y mis manos escriben esperando que el resultado final me sorprenda.

Hoy no hay sorpresa. Hoy solo lo veo a él, a un viejo espectro que, vestido con su uniforme azul marino y una desgastada gorra roja, apenas se mueve por un andén aún con vida y muy distinto a éste. Lo rodean figuras que van y vienen. Vidas distintas que durante unos minutos confluyen en un mismo punto. Personas malhumoradas, felices, enamoradas, impacientes, etéreas… Pequeños personajes, casi transparentes, que parecen bailar a su alrededor.

Solo él permanece quieto. Nadie más lo ve. Tan solo yo y mis escogidos recuerdos.

No es ese hombrecillo que cada pocos segundos deja su maleta sobre el suelo y se remanga el abrigo para asegurarse la hora. Ni es aquella jovencita de pelo lacio y rubio que, de una forma desconsolada, llora abrazada a sus padres por un miedo incontrolado al futuro donde la va a transportar el tren al que está a punto de subirse. Tampoco tiene nada en común con la joven pareja que se despide con un beso eterno bajo el viejo reloj que preside la estación -él vestido de verde con su petate al hombro y ella agarrada a su mano como si estuviese segura de que jamás fuese a volver a rozarla-. Ni es la señora que, muy bien abrigada, vende los periódicos y las cajetillas de tabaco en el kiosco que está justo a su espalda. Miguel, así se llama mi fantasma, es el jefe de estación de “Alcantarilla Villa” y nada tiene que ver con el resto de figuras que lo rodean. Él es una pieza inamovible de la imagen de este histórico andén. Sin embargo, nunca lo ha sabido.

Y de pronto suena un silbido seco que rompe el hechizo, su voz grave grita “¡viajeros al tren!” y sus ojos, antes de desvanecerse, vuelven a estar fijos en los míos rodeados de un caos que de nuevo se convierte en realidad, abandono y silencio.

                                                                                                          Lara Hernández Abellán

 

Artículo patrocinado por: Nicola’s  Pizzas

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